La forma auténtica de lenguaje
Alfonso López Quintás
Si somos seres de encuentro, debemos considerar como lenguaje auténtico el que sirve de medio en el cual se instauran vínculos interpersonales. No procede afirmar que el lenguaje es un medio para crear encuentros, al modo como decimos que es el medio por excelencia para comunicar algún contenido a alguien. Cualquier comunicación que se haga, si se realiza con una actitud de estima hacia el otro, invita al encuentro personal, al entreveramiento de los respectivos ámbitos vitales, y crea ámbitos de convivencia. Con frecuencia hablamos largamente sin tener nada concreto que transmitirnos. No importan los contenidos de la conversación; nos interesa sobre todo crear amistad e incrementarla.
A la inversa, lo más destacado de una conversación sostenida con mal talante, de forma áspera y hosca, no es lo que se dice sino la implícita voluntad de subrayar el alejamiento espiritual que uno siente hacia el coloquiante. A veces se afirma que esta función disolvente de vínculos que posee el lenguaje es tan legítima como la función creativa. Esta opinión responde a una mentalidad utilitarista y posesiva, que se mueve más bien en plano de objetos que en plano de ámbitos. Interpreta al hombre como un ser que posee ciertos medios, entre ellos el lenguaje, y dispone de libertad absoluta de maniobra para usarlos a su arbitrio. Se olvida que el ser humano es relacional. No está cerrado en sí, desligado por completo del entorno y dotado del poder de intervenir en éste arbitrariamente conforme a sus planes.
El hombre es un ser de encuentro y, por ello, es locuente. Viene del encuentro amoroso de sus padres y está llamado a crear nuevas formas de encuentro. Tener el don del lenguaje, o, más exactamente, ser locuente supone un privilegio inédito en el universo y no puede ser reducido a la facultad de expresarse y comunicarse, por importante que ésta sea. En un plano anterior y más radical al hecho de comunicarse, poder hablar significa haber sido constituido de tal modo y hallarse inserto en un entorno de realidades tales que nuestro ser procede de un encuentro y está ordenado a desarrollarse mediante la creación de encuentros.
El ser humano es abierto, dialógico, creador de vínculos reversibles. Por eso siente una tensión originaria hacia el lenguaje, necesita ser apelado mediante el lenguaje y responder a través de él. Hoy día, diversos teólogos afirman que Dios creó las cosas mandándoles existir, y creó al hombre llamándole a la existencia. El sentido de la existencia humana es responder adecuadamente a tal llamada. Lo vio agudamente el genial precursor de la Antropología dialógica actual, Ferdinand Ebner: «La vida espiritual del hombre está unida íntima e indisolublemente al lenguaje, y, lo mismo que éste, se afirma en la relación del yo con el tú». «En el misterio de la 'palabra' se oculta y se revela el misterio de la vida del espíritu». Si esto es así, resulta claro que el único lenguaje auténtico es el que cumple las condiciones del encuentro y hace posible al hombre vivir dialógicamente. Esas condiciones arrancan de una opción fundamental por la actitud de generosidad y amor. Con profunda razón sitúa Ebner en la base de su teoría «pneumatológica» o espiritual del hombre la convicción de que «la palabra y el amor se implican»: «La palabra recta es siempre aquélla que pronuncia el amor. Todas las desgracias que ocurren entre los hombres proceden de que éstos rara vez pronuncian la palabra recta». Por el contrario, ha de considerarse inauténtico el lenguaje que destruye vínculos y hace imposible el encuentro del hombre con otras personas e instituciones e incluso con realidades no personales que superan la condición de meros objetos. Este tipo de lenguaje destructor no responde al sentido radical que implica el hecho de ser locuente: provenir de un encuentro y estar llamado a crear nuevos encuentros, poder ser apelado y responder.
1. El descubrimiento de dos niveles de realidad distintos y complementarios
Las obras literarias de calidad son muy sugerentes y atraen desde antiguo la atención de múltiples lectores de toda edad y condición social por razones muy profundas:
· no se limitan a describir "objetos"; nos ponen en presencia de realidades superiores que vamos a denominar "ámbitos";
· no narran sólo "hechos" -por extraordinarios que sean-; expresan "acontecimientos", que, aun siendo muy sencillos, tejen la trama de la vida humana;
· no atienden únicamente al "significado" de los acontecimientos y los ámbitos; revelan su "sentido".
· no exponen sólamente procesos "artesanales" – productos-; destacan los procesos "creativos" que llevan a la persona humana a su pleno desarrollo.
Los hechos y los acontecimientos, los objetos y los ámbitos, el significado y el sentido, los procesos artesanales y los procesos creativos se hallan en planos de la realidad distintos, tienen un rango diferente. Todo acontecimiento lleva en la base un hecho, pero lo supera. Beber un vaso de agua fría es un hecho que tiene siempre el mismo significado. Pero que un principe heredero lo beba cuando se halla sudoroso tras una cacería y fallezca es un hecho que presenta un sentido peculiar: cambia la historia de un reino. Hacer una mesa no artística es una actividad fabril que cualquier carpintero puede realizar en todo momento y circunstancia. Componer un poema o una obra musical implica un proceso creativo en el que no sólo interviene activamente el autor sino también ciertas realidades del entorno...
Si queremos elaborar un método certero de análisis de la vida humana, tal como es plasmada intensamente por la mejor literatura, debemos comenzar por vivir de cerca los distintos niveles de realidad en que nos movemos a diario. Veámoslo en conjunto:
Nivel Ambital: Nivel Objetivo:
Ámbitos Objetos
Acontecimientos Hechos
Sentido Significado
Procesos creativos Procesos artesanales
2. El nivel de los objetos y el nivel de los ámbitos
El Principito -en el conocido relato de Antoine de Saint-Exupéry-, al ver un avión abatido sobre la arena del desierto, le preguntó al piloto: «¿Qué es esta cosa?» El piloto se apresuró a corregirle: «No es una cosa. Vuela. Es un avión. Es mi avión». «Y me sentí orgulloso -añadió- haciéndole saber que volaba»1.
¿Qué sentido tiene esta corrección?
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En las obras de Saint-Exupéry, como en toda obra literaria auténtica, buen número de textos están dotados de poder «simbólico», es decir: de la capacidad de «remitir» a un sentido superior al significado más inmediato. El piloto quiso elevar al Principito del plano de los objetos o cosas a un plano de realidades más elevadas. En este caso, se trata de una realidad que abarca más de lo que se ve a primera vista; implica una relación dinámica, operativa, con el piloto, con las diversas energías que entran en juego y se conjugan cuando el avión despega, con los espacios que recorre y los lugares que conecta entre sí. Si te pregunto qué es un avión y me señalas esa especie de gran pájaro que se halla inmóvil sobre la pista del aeropuerto, no respondes adecuadamente a mi pregunta. Lo que se halla en la pista es uno de los polos necesarios para que exista plenamente un avión.
Cuando entran los pilotos en la cabina y accionan los mandos, el avión se carga de energía, corre por la pista, adquiere velocidad y despega. Dirijo mi dedo índice hacia él y digo: «Eso es un avión». Al verlo así en pleno vuelo, lo que se hallaba sobre la pista y parecía una mera «cosa» adquiere una dimensión nueva: la capacidad de volar. El avión es, pues, un objeto que ofrece posibilidades de volar a las personas capaces de asumir esas posibilidades y ofrecer, a su vez, posibilidades de pilotar.
Ofrecer posibilidades y recibir otras significa abrirse a una realidad distinta de uno y establecer con ella una relación de intercambio. Al ofrecer un piloto posibilidades de pilotar a ese objeto que se halla sobre la pista y recibir las posibilidades que él le otorga -energía, configuración aerodinámica, etc.-, esa realidad bien delimitada y cerrada que solemos llamar caseramente «avión» deja de estar cerrada en sí, bien delimitada: adquiere un carácter abierto y dinámico. En la misma medida, deja de ser un mero objeto y se convierte en una especie de campo de realidad. Podemos denominarlo «ámbito de realidad», o sencillamente «ámbito».
Este concepto se contrapone al de objeto. Por objeto entendemos una realidad que presenta una delimitación precisa y una condición material; por lo cual es medible, asible, pesable, manejable, situable en un lugar y tiempo... Un piano, en cuanto mueble, es un objeto; puede ser medido, tocado, pesado, cambiado de un lugar a otro. En cuanto instrumento, ofrece ciertas posibilidades de sonar que sólo pueden ser asumidas activamente por quienes poseen el arte de tocar ese instrumento, es decir, de crear formas musicales en su teclado. La relación que podemos establecer con el piano como mueble y como instrumento es muy distinta. El mueble puede tocarlo cualquier persona; el instrumento sólo puede ser tocado por quienes han cultivado la forma de creatividad propia de los intérpretes. Ver el piano-mueble como piano-instrumento supone una especie de transfiguración o enriquecimiento de su modo de ser. Sin abandonar el plano de los objetos, nos elevamos a un plano de realidad superior que nos ofrece diversas posibilidades para actuar con sentido y enriquecer nuestra vida.
Narración de una experiencia personal (que grafique el paso del plano objetivo al plano ambital):
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Estamos ante una forma distinta de realidad, que ya no es un mero objeto, pero tampoco alcanza la condición de sujeto. Se necesitaba introducir un término nuevo para denominarla. Propongo, para ello, el término "ámbito". Ya veremos el juego insospechado que nos da en nuestro curso y, en general, en el tratamiento de las realidades humanas.
1 Cf. El principito, Alianza Editorial, Madrid 1972, p. 18; Le petit prince, Harbrace Paperbound library, Nueva York 1943, 1971, p 11.
3.El salto al nivel "ambital"
Cuando el piloto está más enfrascado en la tarea mecánica de arreglar la avería del motor de su avión, advierte que se halla a su lado una figura principesca: un niño de cabellos dorados y porte elegante que se dirige a él y le dice: "¡Dibújame un cordero!". El piloto, para contentarle sin abandonar su tarea, trazó deprisa una figura sobre un papel. El Principito no la aceptó. Volvió a pasar lo mismo por segunda vez. Y a la tercera, el piloto dibujó una caja con varios agujeros y le indicó al pequeño: "Esta es la caja. El cordero que quieres está dentro". Y, cuando temía que el principito se iba a enojar con él, quedó perplejo al observar que su rostro se iluminó súbitamente y le dijo: "¡Es exactamente así como lo quería!"(2).
¿Qué sentido preciso tiene la petición del Principito al piloto?
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Observemos que no es realista -no se ajusta a la realidad cotidiana- que un niño aparezca solo en la soledad hosca del desierto y no muestre nerviosismo ni ruegue ansiosamente que lo lleven a casa. Con toda serenidad pide que le dibujen un cordero. Esta expresión tiene un significado obvio: solicita del piloto que dibuje para él la figura de un cordero.
Pero ¿le interesaba al Principito tener dicha figura? …………………….
Al ver que no admite como válidas las figuras que el piloto diseñó precipitadamente -porque su mente y su voluntad se hallaban inmersas en la tarea mecánica del arreglo del avión-, y en cambio se siente muy complacido con la figura de la caja que contiene al cordero, sospechamos que ese significado adquiere en este contexto un sentido peculiar: Lo que deseaba el Principito es que el piloto se elevara al plano de la imaginación creadora, que es la que permite ver un cordero dentro de una caja o un elefante dentro de una boa(3).
Pero ¿qué significa que este extraño personaje invite al piloto a cambiar de conducta?
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Tenemos que descubrir el sentido de esa invitación. Para ello, recordemos el contexto. El piloto cayó en el desierto porque se estropeó su avión. Estropearse un avión tiene un significado directo, claro, fácil de ver, constante: algo falló en el motor y entró en situación de emergencia. Pero en este contexto puede tener un significado especial, es decir: un sentido. El significado implica un mero hecho, y la literatura de calidad no se queda en los hechos; ve en ellos y a través de ellos los acontecimientos que determinan la marcha de la vida humana y su valor. Estropearse el avión puede muy bien significar aquí, en un nivel superior, que fallan las cosas útiles que uno utiliza y en las que a menudo pone excesiva confianza. El avión es tomado, en este caso, como imagen de cuanto podemos en la vida poseer, tener, usar, manejar...
El piloto había abandonado a los suyos porque le defraudaron al no dejarle desarrollar la actividad creativa que le gustaba: el dibujar(4). Se bajó del nivel donde se crean relaciones personales y se entregó al dominio de las cosas manejables. Moverse en el nivel del encuentro personal no es fácil, porque exige renunciar a la voluntad de poseer y decidir; para atenerse en buena medida a los deseos y a las decisiones de los demás. El que quiere decidir siempre por su cuenta y no acepta la convivencia con personas que le pueden sorprender con fallos y defectos, se condena a no encontrarse nunca de veras con nadie. Renuncia a ello por la ilusión de sentirse seguro entre las cosas y los utensilios, que son manejables y dóciles. Pero éstos pueden fallar y perder su utilidad. Entonces, el hombre que había confiado sólo en ellos desciende al grado cero de creatividad.
La imagen que encarna esta situación límite de desvalimiento es el desierto. En varios accidentes de aviación, Saint-Exupéry aprendió a ver el desierto como un lugar que apenas ofrece posibilidades para una actividad creativa. Caer en el desierto significa quedar bloqueado como persona, por carecer de toda posibilidad, incluso de la posibilidad de sobrevivir biológicamente.
Ciertamente, al piloto le quedaba la posibilidad de arreglar el motor y salvar su vida biológica. Pero esta salvación no hubiera supuesto sino continuar una vida de asfixia en el aspecto creativo, porque el vuelo que había emprendido suponía un alejamiento de los suyos, de las relaciones de encuentro que constituyen el lugar por excelencia de la creatividad humana. Por eso Saint-Exupéry, que no atiende sólo a la salvación de la vida biológica sino de la persona entera, hace que surja una voz sabia que inste a esa persona hundida en un nivel de menesterosidad absoluta a que dé el salto(5) a un nivel superior, el de la creatividad, representada por la imagen del dibujar: "¡Dibújame un cordero!". Hubiera tenido el mismo valor si el Principito le hubiera pedido que le cantara una canción o realizara cualquier otra actividad creativa. Pero es coherente con la afición del piloto al dibujo que solicite de él una actividad relativa al mismo.
Aquí se inicia el tema propio de esta obra literaria: la necesidad de aprender el secreto de la plenitud humana, que se logra en el encuentro amistoso, y retornar a los suyos. Lo vemos con nitidez si confrontamos este pasaje con la escena de Tierra de hombres del mismo autor, en la que dos pilotos perdidos en el desierto esperan que alguien los descubra y los salve. El hombre más humilde del desierto, un beduino, los encuentra y les ofrece su don más preciado: parte de la reserva de agua que necesitaba para el largo viaje. Al recobrar las fuerzas, uno de ellos se dirige al buen hombre con estas emotivas palabras:
"¡Ah! Habíamos perdido la pista de la especie humana, nos habíamos alejado de la tribu, nos encontrábamos solos en el mundo, por una migración universal, y he aquí que descubrimos, impresos en la arena, los pies milagrosos del hombre". "En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, tú te borrarás sin embargo para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre, y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido. Eres el hermano bienamado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres".
"Tú me apareces bañado de nobleza y de bondad, gran Señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo"(6).
En el plano de los meros hechos, el beduino les da de beber y les salva la vida. Pero, al tratar con generosidad ejemplar a quienes se habían alejado de sus semejantes, los libera de la soledad de desarraigo, que destruye, y los recobra para la vida de comunidad, en la que hay que ser fieles al encuentro más allá de los fallos que pueda alguien cometer. El beduino fue visto por los pilotos exhaustos como el Hombre, con mayúscula, imagen viva de la auténtica humanidad, la que no escinde a los semejantes en dos grupos antagónicos: los amigos y los enemigos.
El conocimiento de los avatares biográficos del autor nos confirma en esta interpretación de El Principito y nos permite descubrir en ella una dimensión muy profunda. Saint-Exupéry concibió esta obra al contemplar, desde su exilio de Nueva York, la depresión espiritual producida en sus compatriotas franceses por la fulminante derrota en la Segunda Guerra Mundial. Quiere ser aquí su voz interior, la parte mejor de su ser que en ese momento límite, aparentemente desesperado, les recuerda que la salvación es posible, pero no en el mismo nivel en el que había sido planteado el conflicto, sino en uno superior: el de la creatividad personal a través del encuentro.
Este sencillo pasaje de una narración aparentemente infantil condensa en una imagen el profundo mensaje de los pensadores existenciales (Heidegger, Marcel, Jaspers): Cuando uno se halle en una situación-límite, sin base alguna para la esperanza, no debe entregarse a la fatalidad de la desgracia, sino dar el salto a un nivel superior, el nivel de la creación de vínculos interpersonales. Es el modo óptimo de superar la vida inauténtica e iniciar una vida de plenitud.
2 Cf. El principito, p. 17; Le petit prince, p. 10.
3 Cf. El principito, p. 11; Le petit prince, p. 4
4 Cf. El principito, p. 12; Le petit prince, p. 4
5 Este término (en alemán Sprung) lo utilizan los pensadores existenciales ( por ejemplo, Karl Jaspers) cuando instan a las gentes a elevarse al nivel de vida auténtica, que es la vida de trato con realidades superiores a los meros objetos. (Sobre ello puede verse mi Metodología de lo suprasensible, Madrid 1963).
6 Cf. O. cit., Gallimard, París 1939, p. 207.
4. Oscilación entre el nivel objetivo y el nivel ambital-ético
Cuando, en La tragedia de Macbeth (Shakespeare), la esposa de Macbeth ve las manos ensangrentadas de éste, tras el asesinato del rey Duncan, le indica que se las lave. Y él responde, angustiado: "¿Todo el océano inmenso de Neptuno podría lavar esta sangre de mis manos? ¡No! ¡Más bien mis manos colorearían la multitudinosa mar, volviendo rojo lo verde!"(7). El término océano se entiende aquí en el plano objetivo, físico. El término lavar presenta un mismo significado y dos sentidos: el lavar físico y el lavar ético, o purificar. El primero consiste en desplazar físicamente la sangre de las manos. El segundo, en purificar las manos de la mancha moral que supone un asesinato. El sentido del término lavar depende, en este contexto, del que demos seguidamente al vocablo sangre. Este puede aludir al líquido que circula por nuestras venas, o bien puede ser tomado como signo de un acto criminal. En este último sentido, un poco de sangre no puede ser lavada por todo el agua del océano, pues son dos realidades que se hallan en planos distintos. La mancha moral no puede ser borrada con medios objetivos. Las manos asesinas no se purifican al ser lavadas. Puede decirse, al contrario, que ellas en el aspecto ético ensucian cuanto tocan. Océano y mar son aquí imágenes de todos los aspectos de la vida humana que pueden ser envilecidos por acciones injustas. De ahí la metáfora de que las manos ensangrentadas teñirían de rojo el océano verde.
Notemos cómo, para interpretar debidamente este bello texto, tenemos que oscilar del nivel objetivo, físico, al nivel ético, lúdico(*) -nivel en el que se crean relaciones armónicas o colisionales- y de éste a aquél.
Leer textos literarios de calidad contribuye a nuestra formación personal porque nos impulsa a movernos en distintos planos de realidad y a ver cómo ciertas realidades y acontecimientos integran dos o más modos diferentes de realidad. Esta flexibilidad mental amplía considerablemente nuestra visión de la realidad y de la vida.
7 Cf. W. Shakespeare: O. cit., ActoII, Escena II; Obras Completas,
Los textos literarios que han contribuido a mi formación personal son:
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5. La interferencia de dos planos de realidad es fuente de expresividad muy honda
En la escena II del Acto IV de Hernani (Victor Hugo), Don Carlos visita el sepulcro del emperador Carlomagno, y exclama:
"¡Aquí reposa Carlomagno! ¿Cómo puedes, sepulcro sombrío, contenerle sin estallar? ¿Estás ahí, gigante de un mundo creador, y puedes extender en el sepulcro toda tu altura? (...) ¡Haber sido más grande que Aníbal, que Atila, tan grande como el mundo... y que todo quepa aquí! ¡Conquistad un imperio arteramente..., y ved el polvo que hace un emperador!" (7b).
En el aspecto estético se trata de un texto muy bello y expresivo.
¿En qué se basa fundamentalmente su expresividad y su belleza?
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Las exclamaciones de Don Carlos son bellas por ser expresivas, y son expresivas porque en ellas se interfieren constantemente planos de realidad distintos. Don Carlos contempla el sepulcro con sus dimensiones reducidas, ajustadas al tamaño físico de un ser humano, y manifiesta su extrañeza de que pueda caber en él un personaje tan importante que mereció el sobrenombre de "magno".
Pero ¿es verdad que "Carlomagno" yace en el sepulcro? ………………………..
De ningún modo. Lo que reposa en él son sus restos corporales.
Y ¿un emperador hace polvo? …………………………….
Tampoco. Un emperador, en cuanto tal, no perece con la muerte física; perdura en sus obras e instituciones, en el influjo que ejerce sobre la posteridad. Una persona que encarna y dirige un imperio es una realidad que abarca cierto campo; constituye un "campo de realidad", un "ámbito", no un mero "objeto". Los cuerpos y los objetos tienen límites precisos, y pueden ser medidos y delimitados. Los "ámbitos" superan los límites corporales y se relacionan y entreveran con otros ámbitos. Cada uno de nosotros, en cuanto seres corpóreos, tenemos contornos fijos y ocupamos un cierto espacio, fácilmente medible con una cinta métrica. Pero, en cuanto personas, desbordamos los límites del cuerpo y fundamos toda una red de relaciones que constituyen nuestro "mundo propio". Toda persona mira hacia el pasado para recoger posibilidades de acción, y se dirige al futuro para configurarlo mediante los proyectos de vida que va trazando. Ocupa, así, cierto campo de realidad y constituye un "ámbito".
Esta capacidad de abrirse, de tener influjo sobre otros seres y ser influido por ellos la debe el hombre al hecho de ser una realidad de alto rango, más perfecta que las cosas, las plantas y los animales. El hombre tiene conciencia -cada día más viva- de ser un yo individual, distinto de los demás, responsable de sus actos. Pero sabe que no puede vivir como persona a solas; necesita de cuanto le rodea: oxígeno para respirar, alimentos para nutrirse, personas para encontrarse, obras culturales para enriquecerse espiritualmente, valores para dar sentido a su vida...
Esta doble condición del hombre -el estar vuelto sobre sí y abierto al entorno- no implica una contradicción sino un contraste. Aprender a considerar como contrastes muchas aparentes contradicciones u oposiciones es una tarea decisiva del proceso de formación humana. Si la llevamos a cabo, ganaremos una especial clarividencia y lucidez de espíritu. Gustavo Thibon nos lo advirtió en forma negativa al afirmar que "uno de los signos cardinales de la mediocridad de espíritu es ver contradicciones allí donde sólo hay contrastes" (8).
Desde esta perspectiva, volvamos al análisis de la frase de Victor Hugo. Un emperador, en cuanto gobernante, es un "ámbito de vida", no se reduce a cuerpo. Por eso resulta asombroso que quepa en la angosta oquedad de una tumba. El autor finge ignorar la distinción entre hombre como ser corpóreo y hombre como ser ambital, y ve al emperador reducido a un desecho físico conservado en un sepulcro. Este salto de un nivel de realidad a otro distinto es la raíz de la fuerza expresiva de las frases analizadas: "¡Carlomagno está aquí!..."
En este texto, el salto acontece de arriba abajo. Don Carlos considera al emperador Carlomagno como un simple cuerpo; lo rebaja de nivel. Macbeth, en cambio, no ve la sangre como un mero líquido que puede ser diluido en el agua y desplazado de las manos. La toma como signo de un acto muy negativo en el aspecto ético. La eleva de plano. Intuye que la acción que ha realizado es el comienzo de una vida de vértigo siniestra. Toda ella estará marcada por la orientación hacia el vértigo de la ambición de poder. El acto de matar al rey manchará toda su vida, con un tipo de mancha moral que ninguna realidad terrena puede borrar aunque su poder sea inmenso como el océano. Por eso piensa en el mar, y afirma -en nivel ético- que toda su agua no será capaz de lavar la poca sangre que pueda quedar adherida a unas manos asesinas. Al contrario, estas manos destructoras del recto orden de las cosas alterarán la faz de ese océano que es una vida llena de avatares.
Estos textos nos instan a estar alerta ante los cambios de nivel de realidad. Acostumbrarnos a descubrir al vuelo el plano de realidad en que nos estamos moviendo en cada momento o se mueve el personaje de una obra literaria o la persona con la que conversamos es un paso indispensable para pensar con rigor y orientar debidamente la vida.
Advirtamos desde ahora que realizar estos saltos de un plano de realidad a otro es totalmente lícito en los textos literarios pues da lugar a diversas metáforas y comparaciones que esmaltan los relatos y los abren a múltiples horizontes. "La historia es, como la uva, delicia de los otoños". He aquí una espléndida comparación de Ortega y Gasset, que expresa una idea de Filosofía de la Historia con un bello ropaje literario. Sin embargo, en el plano filosófico todo salto de un nivel de realidad a otro, por expresivo que resulte, debe ser realizado con sumo cuidado, ya que puede distorsionar el sentido de las realidades analizadas. Para pensar de modo riguroso debemos ser fieles al plano de realidad al que pertenece el tema tratado. Esta fidelidad ha de mostrarse ante todo en el uso del lenguaje, que es el vehículo expresivo por excelencia de la realidad y la creatividad.
7b Cf. O. cit., Librairie Larousse, París 1971, págs. 127, 130. Versión española: Hernani, Espasa-Calpe, Madrid 1966, 3ª ed. 61-62.
8 Cf. El pan de cada día, Rialp, Madrid 1952, p. 63.
6. Ejercicios para descubrir los ámbitos y sus características
1º Un ejemplar de El Quijote, por ser material, pesa, tiene unos límites precisos, es susceptible de manejo, puede deteriorarse, está situado en un determinado lugar. Presenta una condición de objeto. Pero, en cuanto obra literaria, nos ofrece diversas posibilidades: nos abre a diversos horizontes de vida, expresa sentimientos, incentiva la imaginación, puede darse en distintos lugares... Presenta un modo de ser superior al de los objetos. Pero tampoco es un sujeto, como lo fue su autor, Miguel de Cervantes.
¿Debe ser considerado como un ámbito?
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2º Tomo en la mano una partitura de la Quinta Sinfonía de Beethoven
(Fig 1).
En un aspecto, es un objeto, porque pesa, tiene unas delimitaciones precisas, se compone de materia, puede ser agarrada con la mano, está aquí y no en otro sitio, sirve incluso para hacer fuego. Pero, en cuanto figuran en ella ciertos signos que expresan una obra musical, esto que tengo ante mí no es un objeto; no es pesable, asible, medible, localizable en un solo lugar.
¿Dónde se halla la Quinta Sinfonía en cuanto obra de arte?
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Puedes decirme: «En la casa natal de su autor, en Bonn». Y no es verdad. Allí figura el manuscrito de parte de esa obra. Pero el manuscrito no es la sinfonía. Esta sólo existe en el lugar y momento en el que es debidamente interpretada. La sinfonía como tal no está sometida a un tiempo y espacio físicos. Por eso puede estar al mismo tiempo en lugares muy diferentes, en todos aquellos en los que sea debidamente interpretada. Tiene un modo de realidad distinto al de los objetos, al de la partitura considerada como objeto.
Vemos cómo una misma realidad -la partitura- presenta dos vertientes: una objetiva, otra ambital. Y ambas se necesitan y complementan; se integran*.
Pero ¿quién sabe integrarlas?
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El que conoce el lenguaje musical y no se queda en las meras apariencias, antes penetra hasta el fondo. El que no sabe leer una partitura ve esta realidad que sostengo en la mano como un mero objeto. La reduce de valor, la degrada, la empobrece, la despoja de su sentido cabal para reducirla a un mero significado: el que tiene una realidad que presenta condiciones tales como arder, pesar, ocupar un espacio, ser manejable...
Acabamos de adentrarnos en dos temas de la mayor importancia en nuestra formación: el de la integración de diversos modos o niveles de realidad y el del reduccionismo(*). Reducir una realidad que ensambla dos modos de realidad a uno solo de ellos es empobrecerla. Integrar (*) ambos modos de realidad es darle toda la riqueza que alberga.
Al hilo del curso veremos con claridad creciente que la vida ética auténtica consiste en integrar planos distintos de realidad. Para ello tenemos que seguir realizando experiencias muy significativas, a fin de conocer en pormenor la riqueza que presenta la realidad y acostumbrarnos a no prender la mirada en lo que aparece ante nuestros ojos, sino pasar más allá. Pasar más allá es trascender las impresiones inmediatas y buscar el sentido de cuanto percibimos.
Desde ahora empezamos a entrever que el descubrimiento de los ámbitos nos va a permitir conceder a nuestra inteligencia sus tres condiciones básicas: largo alcance, amplitud y profundidad.
3º El cuerpo humano, a primera vista, parece ser un objeto, ya que puede ser medido, pesado, asido... Pero, en cuanto cuerpo de una persona concreta ¿se reduce a objeto? ¿O presenta, más bien, posibilidades que desbordan las de los objetos?
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Te doy la mano de manera efusiva, y sientes en la presión que ejerce mi mano sobre la tuya el afecto que siento por ti. Mi mano tiene un poder expresivo que ningún objeto posee. Toda mi realidad personal vibra en mi mano al saludarte. La mano es capaz de cargarse de una densidad elevadísima de sentido. Esto no puede hacerlo ningún objeto, en cuanto tal.
¿Qué tipo de realidad presenta el cuerpo humano?
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Me invitas, como amigo, a comer en tu casa. Nuestro cuerpo nos permite saludarnos, tomar alimentos, reponer fuerzas, conversar, exponer ideas, compartir sentimientos, trazar proyectos, incrementar nuestra amistad... El cuerpo se manifiesta, pues, como una fuente de posibilidades y, en cierta medida, como un campo de iniciativa. No es sólo un objeto sobre el que pueda ejercerse una acción. Al tener una vertiente material, es susceptible de ser tratado como un mero objeto, pero es mucho más que un objeto. Actúa e insta a actuar mediante la oferta de múltiples posibilidades. Esta oferta puede hacerla por ser una vertiente de una persona. Cabe decir, pues, que es un campo de expresión personal.
Estamos descubriendo, al hilo de la lectura de textos literarios, diversas características de la realidad -de la nuestra y de la que nos rodea- que son decisivas para nuestra formación personal. En este momento, es suficiente que el cursillista viva por su cuenta ese descubrimiento, aunque no logre perfilar con toda precisión los contornos de cada aspecto de la realidad que va entreviendo. A lo largo del curso, este primer esbozo se irá clarificando y mostrará toda su fecundidad.
7. Ideas para una síntesis
El término "ámbito" designa tres tipos de realidades distintas:
1ª Los seres personales. Por ser corpórea, una persona puede ser delimitada, pesada, asida, situada en un lugar determinado..., lo mismo que un objeto. Por ser espiritual y estar dotada de poder creativo, una persona no está nunca configurada del todo, funda relaciones con las realidades del entorno, ofrece unas posibilidades y recibe otras, crea un "mundo" propio en torno a sí. Al actuar de este modo, abarca cierto campo. Cuando vemos por primera vez a un ser humano, captamos su volumen corpóreo, pero lo que abarca como persona se nos escapa. Debe, pues, ser caracterizado como un "ámbito de realidad", o sencillamente, un "ámbito".
2ª Las realidades que albergan posibilidades de acción. Hay realidades que no son objetos pero tampoco sujetos. No tienen la capacidad creadora de las personas, pero no se reducen a objetos pasivos. Ofrecen al hombre posibilidades para actuar con sentido y pueden establecer con él una relación reversible de mutuo influjo. Pensemos en una institución, un tablero de ajedrez, un campo de deporte, una red vial, un instrumento musical, un barco, un avión, el mar, el lenguaje, una obra de arte...(9)
3ª Los campos de relación que se fundan entre las realidades "ambitales" -anteriormente aludidas- cuando entreveran sus posibilidades y dan lugar a un encuentro. Dos novios se comprometen en matrimonio y crean un hogar, un campo de juego común, de encuentro, de mutua ayuda y perfeccionamiento personal. Ese hogar es, en todo rigor, un ámbito de realidad.
Los ámbitos no son producto de una actividad fabril, sino fruto de un ensamblamiento de dos o más realidades que tienen cierto poder de iniciativa y operan con libertad o, al menos, con cierta capacidad de reacción. Todo intérprete, por ejemplo, siente que su instrumento responde a su acción sobre él de una forma peculiar, de modo que se establece entre ambos una corriente de mutua influencia, una experiencia reversible o de doble dirección.
Al ser fruto de un encuentro, estos ámbitos no son objetos de los que se pueda disponer. Son realidades que piden un trato respetuoso, aunque no igualitario.
· El intérprete no puede tratar a su instrumento como un objeto, un mero medio para producir unos sonidos. Debe considerarlo como el medio en el cual tiene lugar el entreveramiento entre él y la obra interpretada.
· Los novios son libres para decidirse a crear un hogar. Una vez que lo han creado, no pueden disponer de él como si fuera el producto de un proceso de fabricación.
El conocimiento de los ámbitos es decisivo para precisar los diferentes modos de unidad que puede crear el hombre con los diversos seres de su entorno. Y, como esta creación de unidad está en la base del desarrollo humano, el concepto de ámbito resulta ineludible para conocer y valorar como es debido al ser humano.
9 En mi Estética de la creatividad, Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona 1987, 2ª edición, págs. 163-269 (nueva edición en Rialp, Madrid, en prensa), analizo el carácter "ambital" de diversas realidades y acontecimientos de la vida cotidiana: hoteles, claustros, plazas, calles, tiendas, castillos...; la consagración de un templo, la proclamación de un presidente, la inauguración de una red vial, la configuración de los estilos artísticos...
8. Textos y cuestiones para la autoevaluación
1. "¡Ah! Habíamos perdido la pista de la especie humana, nos habíamos alejado de la tribu, nos encontrábamos solos en el mundo, por una migración universal, y he aquí que descubrimos, impresos en la arena, los pies milagrosos del hombre". "En cuanto a ti que nos salvas, beduino de Libia, tú te borrarás sin embargo para siempre de mi memoria. No me acordaré más de tu rostro. Tú eres el Hombre, y te me apareces con el rostro de todos los hombres a la vez. No nos has visto nunca y ya nos has reconocido. Eres el hermano bienamado. Y, a mi vez, yo te reconoceré en todos los hombres". "Tú me apareces bañado de nobleza y de bondad, gran Señor que tienes el poder de dar de beber. Todos mis amigos, todos mis enemigos en ti marchan hacia mí, y yo no tengo ya un solo enemigo en el mundo"(10).
¿Qué sentido encierra en este contexto el término "milagrosos" aplicado a los pies del hombre?
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¿En qué nivel de la realidad se mueve el protagonista al dirigirse con palabras tan escogidas al beduino? ………………………………
· ¿Por qué le dice que se olvidará de su rostro y que él es "el Hombre", y en él todos sus amigos y sus enemigos van a su encuentro?
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2. Indique algunos aspectos de la vida humana que parecen "opuestos" y no son sino "contrastados".
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No podemos decir que una cosa está aquí y está allí al mismo tiempo. Hay que escoger entre lo uno o lo otro; se trata de un dilema. En este caso, estar aquí se opone a estar allí. En el plano de los objetos o cosas sucede así.
Pero, si ascendemos al plano de los "ámbitos", ¿puede una misma realidad estar en muchas partes a la vez? ………………………………………………………………………….
De modo semejante, ¿es justo decir que un amigo íntimo nuestro se halla fuera de nosotros? …………………………………………………………………………………………………………
¿Qué significa ser amigo íntimo? ……………………………………………………………..
3. Cada persona que vive en una ciudad configura en ella, poco a poco, un "mundo" propio. La ciudad es objetivamente la misma para todos, pero cada uno recorta en ella determinados lugares, calles, espectáculos; acoge ciertas posibilidades y desecha otras; trata a unas personas e instituciones y deja de lado a otras. Configura un "mundo" personal aparte, que constituye un "ámbito", no un conjunto de objetos, cosas y hechos.
Lo mismo cabe decir del "mundo" que crea un camarero en el restaurante en el que trabaja. Le tiene tomadas las medidas, se encuentra en su "elemento" y se mueve con holgura y seguridad.
En ambos casos, se trata de mundos "reales", aunque no cósicos.
Indique otros tipos de "mundos" que se forman en la vida diaria en diversos aspectos, no sólo en el profesional.
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EL SENTIDO DE LA EDUCACIÓN
Texto perteneciente a "Lo pequeño es hermoso"
Por E.F.Schumacher
A lo largo de la historia y virtualmente en todas las partes de la tierra los hombres han vivido, se han multiplicado y han creado alguna forma de subsistencia y algo que compartir. Las civilizaciones se han construido, han florecido y, en la mayoría de los casos, han declinado y perecido. Éste no es el lugar apropiado para discutir por qué han perecido, pero podemos afirmar que debe haber habido alguna falta de recursos. En la mayoría de los casos nuevas civilizaciones surgieron sobre el mismo terreno, lo que sería bastante incomprensible si sólo hubieran sido los recursos materiales los que hubiesen fallado. ¿Cómo podrían haberse reconstituido esos recursos por sí mismos? Toda la historia (como toda la experiencia) apunta al hecho de que es el hombre y no la naturaleza quien proporciona los recursos primarios, que el factor clave de todo desarrollo económico proviene de la mente del hombre. De repente, hay una explosión de coraje, de iniciativa, de invención, de actividad constructiva, no en un solo campo, sino en muchos campos a la misma vez. Puede ser que nadie esté en condiciones de decir de dónde proviene originariamente, pero sí podemos ver cómo se mantiene y se refuerza a sí mismo a través de la educación. En un sentido muy real, por lo tanto, podemos decir que la educación es el más vital de los recursos. Si la civilización occidental está en un estado de permanente crisis, no es nada antojadizo sugerir que podría haber algo equivocado en su educación. Ninguna civilización, estoy seguro, ha dedicado más energía y recursos para la educación organizada, y aunque no creyéramos absolutamente en nada, sí creemos que la educación es, o debiera ser, la llave de todas las cosas. En realidad, la fe en la educación es tan fuerte que la consideramos como la destinataria residual de todos nuestros problemas. Si la era nuclear acarrea nuevos peligros, si el avance de la ingeniería genética abre las puertas a nuevos abusos, si el consumismo trae consigo nuevas tentaciones, la respuesta debe ser más y mejor educación. La forma moderna de vida está convirtiéndose en algo cada vez más complejo y esto significa que todos deben obtener una educación más elevada.. Por encima de todo, se diría que la situación internacional reclama esfuerzos educacionales prodigiosos. La declaración clásica sobre este tema fue pronunciada por Sir Charles (ahora Lord) Snow en su «Rede Lecture» hace algunos años: «Decir que debemos educarnos o morir es un poco más melodramático de lo justificado por los hechos. Decir que debemos educarnos o de lo contrario observar un declive pronunciado en nuestra vida está más cerca de lo correcto.»…
Como se recordará, Lord Snow habló acerca de «Las Dos Culturas y la Revolución Científica» y expresó su preocupación de que «la vida intelectual de la sociedad occidental como un todo se está dividiendo cada vez más en dos grupos polarizados... En un polo tenemos los intelectuales literarios..., en el otro los científicos». Deplora el «vacío de incomprensión mutua» entre estos dos grupos y desea tender un puente entre ambos. Es evidente la forma como piensa que esta operación debería hacerse; los objetivos de su política educacional serían, en primer lugar, tener tantos «científicos de primera fila como el país pueda producir»; segundo, entrenar «un estrato más grande de profesionales de primera» para hacer la investigación de apoyo, el diseño y el desarrollo posterior; tercero, entrenar «miles y miles» de otros científicos e ingenieros; y finalmente, entrenar «políticos, administradores, una comunidad entera, que tenga suficientes conocimientos científicos como para saber de qué están hablando los hombres de ciencia». Si este cuarto y último grupo puede por lo menos ser educado lo suficiente como para «tener una idea» de aquello sobre lo que la gente que cuenta, los científicos y los ingenieros, están hablando, Lord Snow parece sugerir que el vacío de incomprensión mutua entre las «dos culturas» puede salvarse.
Estas ideas sobre educación, que son sin duda poco representativas de nuestros tiempos, lo dejan a uno con la incómoda sensación de que la gente común, incluyendo los políticos, administradores, etc., no sirven para gran cosa, no han alcanzado el nivel requerido. Pero, por lo menos, deberían estar lo suficientemente educados como para tener una idea de lo que está ocurriendo, para saber qué es lo que los científicos quieren decir cuando hablan, para citar un ejemplo de Lord Snow, acerca de la Segunda Ley de la Termodinámica. Es una sensación bastante incómoda porque los científicos nunca se cansan de decirnos que los frutos de su trabajo son «neutrales»; si enriquecen o destruyen a la humanidad depende de cómo son usados. ¿Y quién es el que decide cómo han de ser usados? No hay nada en la formación de los científicos e ingenieros que les permita tomar tales decisiones, y además, ¿en qué quedaría la neutralidad de la ciencia?
Si tanta confianza se pone hoy en el poder de la educación para capacitar a la gente común para hacer frente a los problemas planteados por el progreso científico y tecnológico, debe hacerse algo más en la educación que lo sugerido por Lord Snow. La ciencia y la ingeniería producen «el saber cómo», pero «el saber cómo» no es nada en sí mismo, es un medio sin un fin, una mera potencialidad, una frase inconclusa. «El saber cómo» no es una cultura como un piano no es música. ¿Puede la educación ayudarnos a completar la frase, transformar la potencialidad en una realidad que beneficie al hombre?
Para hacer eso la tarea de la educación sería, primero y antes que nada, la transmisión de criterios de valor, de qué hacer con nuestras vidas. Sin ninguna duda también hay necesidad de transmitir el «saber cómo», pero esto debe estar en un segundo plano, porque obviamente es bastante estúpido poner grandes poderes en manos de la gente, sin asegurarse primero que tengan una idea razonable de qué es lo que van a hacer con ellos. En el momento presente hay muy pocas dudas de que toda la humanidad está en peligro mortal, no porque carezcamos de conocimientos científicos y tecnológicos, sino porque tendemos a usarlos destructivamente, sin sabiduría. Más educación puede ayudarnos sólo si produce más sabiduría.
La esencia de la educación, como ya se ha dicho, es la transmisión de valores, pero los valores no nos ayudan a elegir nuestro camino en la vida salvo que ellos hayan llegado a ser parte nuestra, una parte por así decirlo de nuestra conformación mental. Esto significa que esos valores son más que meras fórmulas o afirmaciones dogmáticas. Nosotros pensamos y sentimos con ellos; son los verdaderos instrumentos a través de los cuales observamos, interpretamos y experimentamos el mundo. Cuando nosotros pensamos no estamos pensando solamente, estamos pensando con ideas. Nuestra mente no es un vacío, una tabla rasa. Cuando comenzamos a pensar podemos hacerlo sólo porque nuestra mente está ya llena de todo tipo de ideas con las que pensar. A través de toda nuestra adolescencia y juventud, antes de que la mente consciente y crítica comience a actuar como si fuera un censor y un guardián, las ideas se filtran dentro de nuestra mente como un ejército multitudinario. Estos años son, podría decirse, un período de oscurantismo durante el cual no somos otra cosa que herederos; sólo en los años posteriores podremos gradualmente aprender a identificar cuál es nuestra herencia. Primero de todo está el lenguaje. Cada palabra es una idea. Si el lenguaje que penetra dentro de nosotros durante el oscurantismo es inglés, nuestra mente está entonces provista de una serie de ideas que son significativamente diferentes de aquellas representadas por el chino, ruso, alemán, español o norteamericano. Después de las palabras están las reglas de cómo ponerlas juntas, la gramática, otro conjunto de ideas. Todos los filósofos han prestado siempre mucha atención a las ideas vistas como el resultado del pensamiento y de la observación; pero en los tiempos modernos se ha prestado muy poca atención al estudio de las ideas que forman los mismos instrumentos de los cuales proceden el pensamiento y la observación. Sobre la base de la experiencia y del pensamiento consciente las pequeñas ideas pueden fácilmente eliminarse, pero cuando de lo que se trata es de ideas más grandes, más universales o más sutiles no pueden cambiarse tan fácilmente. Aún más, es a menudo difícil ser consciente de ellas, dado que son los instrumentos y no los resultados de nuestro pensamiento, de la misma manera que uno puede ver fuera de sí mismo pero no puede fácilmente ver con lo que se ve, el ojo mismo. Y aun cuando uno ha llegado a ser consciente de ellas, es a menudo imposible juzgarlas sobre la base de la experiencia ordinaria. Frecuentemente notamos la existencia de ideas más o menos fijas en las mentes de otra gente, ideas con las que piensan sin darse cuenta de que lo están haciendo. A estas ideas las llamamos prejuicios, lo que es lógicamente bastante correcto porque se han filtrado simplemente dentro de la mente y no son el resultado de un discernimiento. Pero la palabra prejuicio se aplica generalmente a ideas que son patentemente erróneas y reconocibles como tales para cualquiera excepto para el individuo prejuiciado… Digo, por lo tanto, que pensamos con o a través de ideas y que lo que llamamos pensamiento es generalmente la aplicación de ideas preexistentes a una situación dada o a una serie de hechos…Algunas de las ideas son juicios de valor, es decir, que evaluamos la situación a la luz de nuestras ideas-valor. La manera en que experimentamos e interpretamos el mundo depende mucho de la clase de ideas que llenan nuestras mentes. Si son insignificantes, débiles, superficiales e incoherentes, la vida parecerá insípida, aburrida, penosa y caótica. El sentimiento de vacío resultante se hace difícil de sobrellevar y la vacuidad de nuestras mentes puede dejarse llevar demasiado fácilmente por algunas nociones fantásticas y grandiosas, políticas o de otro tipo, que de pronto parecen iluminarlo todo y dan sentido y propósito a nuestra existencia. No necesitamos enfatizar que éste es, precisamente, uno de los grandes peligros de nuestra época.
Cuando la gente pide educación lo que ellos normalmente quieren decir es que necesitan algo más que entrenamiento, algo más que el mero conocimiento de los hechos, algo más que una mera diversión. Puede ser que no puedan formular con precisión qué es lo que están buscando; sin embargo, pienso que lo que realmente buscan son ideas que les presenten al mundo y a sus propias vidas en una forma inteligible. Cuando una cosa es inteligible se tiene un sentimiento de participación; cuando una cosa no es inteligible se tiene un sentimiento de enajenación. «Bueno, yo no entiendo», oímos que dice la gente como una protesta impotente frente a la imposibilidad de comprender al mundo tal como es. Si la mente no puede brindarle al mundo una serie, una caja de herramientas de ideas poderosas, todo aparece en forma caótica, como una masa de fenómenos sin relación, de sucesos sin significado. Un hombre así es como una persona en una tierra extraña sin ningún signo de civilización, sin mapas ni postes de señales ni indicaciones de ninguna naturaleza. Nada tiene ningún significado para él, nada puede sostener su interés vital, carece de los medios que le permitan hacer inteligibles todas las cosas. Toda filosofía tradicional es un intento de crear un sistema ordenado de ideas con el cual vivir e interpretar el mundo. «La filosofía tal como los griegos la concibieron», escribe el profesor Kuhn, «es un esfuerzo singular de la mente humana para interpretar los sistemas de signos y de esa manera relacionar al hombre con el mundo como un vasto orden dentro del cual él tiene un lugar asignado.» La cultura clásico-cristiana de la baja edad media poseía un sistema de interpretación de signos que era muy completo y asombrosamente coherente, es decir, un sistema de ideas vitales que daban una descripción muy detallada del hombre, del universo y del lugar del hombre en el universo. Este sistema, sin embargo, ha sido destruido y el resultado es un estado de aturdimiento y enajenación, jamás expresado más dramáticamente que por Kierkegaard a mediados del pasado siglo: «Uno mete el dedo en el suelo para decir por el olor en qué clase de tierra se encuentra: Yo meto mi dedo en la existencia y no huelo a nada. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo vine aquí? ¿Qué es esta cosa llamada mundo? ¿Cuál es el significado de este mundo? (*) Fuente: E.F. Schumacher, "El mayor recurso: la educación", en "Lo pequeño es hermoso", publicada por Ed. Blume en 1978.
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