ARTÍCULOS PARA TALLER PROYECTOS DE VIDA
EL SABER QUE SE REQUIERE PARA SER LIBRE Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto. Por Antonio Orozco Delclós LA LIBERTAD, «ALMA DE NUESTRA ALMA» Sobre la libertad, a la cual nos llama la gracia del Salvador, no debe hablarse de paso y negligentemente, dice San Agustín. Y consejo de hombre de tanta autoridad intelectual no es bueno que caiga en saco roto. La libertad es, en efecto -según el decir de Cervantes- uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida; y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres . Gabriel Marcel lo dijo de un modo poético: la libertad es el alma de nuestra alma . Sin ella no habría pensamiento ni voluntad, ni creatividad, ni por consiguiente ese extraño y formidable bípedo implume llamado hombre. Además, del uso de la libertad de cada persona depende su felicidad temporal y la eterna. Es justo, pues, que San Agustín diga que no se debe tratar de ella de un modo superficial, frívolo, negligente o demagógico. Procuraremos seguir su consejo. De la libertad conviene hablar muy en serio: con admiración, con respeto y hasta con un cierto temblor, puesto que en ella tocamos las fibras y las raíces más hondas de nuestro ser; y con ella nos labramos nuestro ser y nuestro haber definitivos. Ha habido y hay muchos errores acerca de lo que debe entenderse por libertad. ¿QUE SIGNIFICA SER LIBRE? Lo más simple, inmediato y fácil es decir: "ser libre es poder hacer lo que quiera". Y esto es verdad. Lo que no es tan fácil es hacer realmente lo que realmente quiero. A no ser que se confunda lo que quiero con hacer lo que me place o apetece en cada momento, lo que me da la gana, sea lo que sea, aunque sea comerme un plato de setas muy sabrosas cuando a la vez son muy venenosas. Pero sigue siendo verdad que "es libre quien puede hacer siempre lo que quiere sin ser impedido por ninguna coacción exterior y que goza por tanto de plena independencia" (Así lo ha expresado el Magisterio de la Iglesia). Vayamos por partes. ¿QUÉ SIGNIFICA PODER HACER LO QUE QUIERA? Analicemos un poco el significado de la frase "ser libre es poder hacer lo que se quiera". Si significa que para actuar libremente es preciso poder hacer lo que quiera, todo es correcto. Ahora bien, ¿basta hacer lo que quiera para considerarme libre? Bastaría si habláramos de la libertad del simio, o del ratón. Pero la libertad del ratón es libertad i-racional, in-voluntaria, in-consciente, es decir, muy poco libre, por no decir nada- libre. Si tenemos un ratón hambriento ante un queso, el ratón saldrá flechado al queso sin remedio. El ratón no puede dejar de querer el queso, si tiene hambre. Su "querer" no es libre, sino necesario. También sucede que nosotros queremos ser felices y lo queremos necesariamente. Lo queremos con gran fuerza, pero no libremente. Por tanto: no basta querer algo y hacerlo o conseguirlo para afirmar la libertad personal. El "querer" solo, sin más, no define la libertad. Hace falta algo más, para ser personalmente libre, es decir, para afirmar el dominio y señorío de la persona sobre sus actos. En realidad sólo es libre el que es dueño de sus actos, es decir, el que los pone o los omite porque quiere. Pero hace falta -insistamos todavía- algo más que el simple querer, para ser dueño de los propios actos. ¿Qué más hace falta? Para ser personalmente libre ante todo, hace falta poder querer -o no querer- el querer. ¡Hace falta ser dueño del querer mismo! Cabe decir que el ratón hambriento "quiere" el queso. Pero al querer necesariamente, no es libre de no querer su querer. Por tanto, no es libre de ninguna manera. Para ser dueño del propio querer hay que poder querer-querer. Lo cual sólo es posible cuando el ser es espiritual y por ello goza de capacidad de reflexión. El ojo ve, pero no ve que ve (el que ve que ve soy yo), porque es un órgano material. Sólo una facultad espiritual, además de entender, puede entender que entiende. Y entonces, no sólo puede querer, sino también querer querer. Puede: querer su querer no querer su querer querer su no querer no querer su no querer. En consecuencia, para ser libre no sólo en potencia, sino en acto, ejerciendo en la práctica mi libertad personal es necesario: 1. Hacer lo que quiero. 2. Poder querer o no querer el propio querer (querer o no querer mi querer-hacer-esto-que-quiero). Pero todavía se requiere algo más. REQUISITOS GNOSEóLOGICOS DE LA LIBERTAD Fijémonos en lo que le pasa al loco suelto. Hace lo que quiere y quiere lo que hace, pero no le concedemos que sea personalmente libre: está enajenado, fuera de sí: su cerebro y su razón no funcionan bien, están averiados, no puede juzgar con objetividad: no es una persona responsable de sus actos: no tiene dominio sobre sus actos. Aunque ande suelto por las calles, no es una persona libre: padece una íntima y tremenda esclavitud que no desearíamos a nuestro peor enemigo. El loco no sabe lo que se hace. Por tanto, para vivir la libertad personal se requiere: 3. Saber lo que me hago (que es lo que no sabe el loco). Resumiendo: para ejercer en acto la libertad personal, se debe poder: 1) Hacer lo que se quiere 2) querer lo que se hace 3) saber lo que (uno) se hace Pues bien, para que se cumpla esta última condición, a su vez se requieren otras condiciones más. No basta saber qué es lo que me hago, es decir, la naturaleza y el valor de lo que hago (El que habla en sueños no sabe el valor real de lo que hace, ni es responsable, no es libre), sino también: 3.1. Saber para qué lo hago, es decir, conocer la finalidad natural de lo que hago. Para saber qué son las cosas -un ojo, por ejemplo- necesito saber para qué son, para qué sirven. Si conozco muy bien la anatomía, la fisiología, etcétera, del ojo, pero no sé que sirve para ver, en realidad tampoco sé lo que es un ojo. Si yo no sé a qué me llevan mis actos, a dónde, a qué situación, si no conozco su finalidad natural, tampoco sé lo que me hago. Si yo no sé por qué me muevo y por qué decido, mi movimiento no tiene su origen en mí yo, sino en alguna fuerza ajena: entonces, más que moverme, soy movido por alguna fuerza distinta, extraña al yo. No soy libre en acto. Si yo no supiera el porqué ni el para qué de mis actos estaría inmerso en la filosofía del absurdo (como el mitológico personaje llamado Sísifo, rey de Corinto). Actuar, decidir, comportarse libremente supone el ejercicio de la razón que se pregunta el por qué y el para qué de las cosas: su finalidad, su sentido. 3.2. Saber las consecuencias naturales de lo que hago. Si me como unas sabrosas setas sin saber que son venenosas, he hecho lo que he querido (comerme las setas), pero no he querido lo que he hecho (morirme por envenenamiento). Hice lo que quería. Pero no quería lo que hice. Por lo tanto, es necesario, para que mi libertad sea verdaderamente personal, actual y eficaz, que conozca al menos las consecuencias más importantes de lo que me hago. HAY QUE SABER QUE NUESTROS ACTOS TIENEN CONSECUENCIAS INEVITABLES Cuánto mejor conozcamos las consecuencias de nuestros actos, elegiremos con mayor conocimiento de causa, por tanto con más libertad. 3.3. Por eso, para vivir la libertad personal se requiere conocer un poco -lo más posible- del futuro. Escrutar el futuro. El fumador empedernido, el drogadicto, el alcohólico, ¿eran libres cuando fumaron el primer pitillo o el primer porro, cuando tomaron la primera copa de más, etcétera? Sí. Pero si hubiesen sabido perfectamente bien las consecuencias de su acto, seguramente no lo hubieran hecho. Seguramente lo podían haber sabido aproximadamente, y por eso son responsables, porque ellos mismos, libremente se mutilaron la libertad, se encadenaron a la droga, al alcohol o a la sensualidad. Han causado la frustración de su propia libertad. El que vota a un candidato que no sabe quién es, o cuál es su programa político y cómo va a utilizar su voto, no es libre por más papeletas que eche en las urnas. Nuestra libertad no es infinita, sino limitada. No sólo porque no podemos todo lo que queremos, sino también porque no conocemos todas las consecuencias de nuestros actos. 3.3.1. PARA SER LIBRE EN ACTO ES MENESTER ESCRUTAR EL FUTURO Así pues, para que sea activa, eficiente y personal mi libertad, he de prever el futuro, en la medida de lo posible. He de ponderar las posibilidades que se abren en la realización de mis actos. He de escrutar el futuro y adelantarme de algún modo a los acontecimientos. Esta mirada escrutadora al futuro forma parte de la virtud que los clásicos ya llamaron prudencia, auriga virtutum, conductora de todas las demás virtudes. Sin prudencia no es posible vivir la libertad personal. Cuanto mejor conozcamos el futuro, tanto más podremos evitar la posible autofrustración de la libertad, porque sabremos mejor lo que nos hacemos. Sin embargo, aunque limitada, nuestra libertad es real, porque el intelecto es una facultad de futuro, capaz en cierta medida de escrutar el porvenir, de modo que, aunque no conozcamos todas las consecuencias de nuestros actos, podemos conocer algunas de las más importantes. 3.3.2. Se requiere tener pasado: la experiencia. Para conocer algo del futuro es imprescindible tener experiencia del pasado. La persona con más experiencia, la que ha visto más cosas, cómo se van sucediendo los acontecimientos, cómo puestas unas causas, se siguen determinados efectos, tiene más experiencia, puede adelantarse más al futuro. No en vano se dice que la Historia -se entiende que la verdadera Historia- es la gran maestra de la vida. El niño apenas tiene pasado, carece de experiencia y por eso difícilmente puede atisbar las consecuencias de sus actos. Muchas veces elige lo que no le conviene, incluso a corto plazo y decide insensatamente. Es lógico. Por eso es preciso suplir su falta de experiencia con una educación progresiva. Entretanto debe limitarse el uso de su libertad, precisamente para que cuanto antes pueda vivirla ilimitadamente. CONOCER LA DIMENSION DE ETERNIDAD La libertad personal, en fin, guarda una relación esencial con el último fin del hombre. El último fin, o fin final definitivo, eterno, es precisamente lo que da sentido a la entera vida de la persona humana. Por eso, quien no lo conozca en su verdad, no puede vivir la libertad en el sentido plenamente personal, en un sentido ciertamente perfectivo, en el sentido seguro hacia la plenitud de la persona. Si para vivir la libertad de un modo personal debemos estar por encima del estímulo presente, de la fuerza del instante actual y mirar al futuro, para prever las más importantes consecuencias de nuestros actos, es evidente que necesitamos saber algo de las consecuencias eternas. Quien quiere ignorar o no puede saber las consecuencias eternas de sus actos, se encuentra en una ignorancia de alto riesgo. Es como un barco sin rumbo, a la deriva, que no sabe de dónde viene ni a donde va. En cualquier momento, como el famoso Titanic, puede venirse a pique. Si los pasajeros pueden hacer todo lo que quieran en el barco, pero no pueden dominar el rumbo, ¿de qué clase de libertad gozan ahí? Se creen libres porque poseen opciones múltiples, pero su libertad es irrisoria, insignificante, intrascendente. No vale la pena. Semejante es el caso de quienes ignoran la dimensión supratemporal de sus actos y las consecuencias eternas que de ellos se van a derivar. No viven en la verdad, sino en la mentira. No viven en libertad, sino en azarosa esclavitud. En pocas palabras: quien no sabe que más allá del tiempo hay eternidad, Cielo o Infierno para siempre, no sabe nunca bien lo que se hace. Si su ignorancia es culpable, actúa a la manera de un loco que para saciar su hambre echara por la borda todos los víveres de la nave. CONOCER LA PROPIA IDENTIDAD Para vivir la libertad en sentido personal es preciso pues conocer a fondo la propia identidad. El que se cree ser un pájaro - más de un caso se ha visto- y se arroja por la ventana con la pretensión de remontar el vuelo hacia las estrellas, se estrella. El que se cree incesantemente perseguido por una mosca eléctrica -tampoco es imaginario este caso-, actúa de un modo irracional, inadecuado a la verdadera identidad y dignidad personales. Quien no se conoce a sí propio, se halla impedido para desarrollar sus virtualidades y perfeccionar y enriquecer con ellas su personalidad, para alcanzar la perfección final a la que está llamado. Quienes profesan el ateísmo, o piensan como si Dios no existiera, no pueden conocerse a sí mismos, porque no son capaces de reconocer la dimensión espiritual e inmortal de su ser. No pueden entenderse a sí mismos más que como materia en evolución que tiende hacia la nada. Realmente, el materialismo nunca ha podido entender lo que la persona es y, en consecuencia, nunca ha comprendido lo que significa esa bella e impresionante palabra: libertad. SABER LO QUE ES SER PERSONA A LA LUZ DE LA REVELACION DIVINA Para tener una noción verdadera de persona, nos ofrece una ayuda inestimable la Revelación divina, depositada por Jesucristo en su Iglesia. Ninguno como el cristiano bien formado conoce tan bien lo que es la persona y su libertad y amor. Por eso, sólo él puede vivir en plenitud, perfectivamente, estos ideales. El cristiano, sin necesidad de negar ni de afirmar la hipótesis aún no demostrada -aunque plausible- de la evolución de las especies, sabe que el hombre no es un simple eslabón de esa hipotética evolución, sino que está dotado de un alma que es sustancia espiritual, irreductible a la materia, inmortal. Esto quiere decir que Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya, no del simio. Y esta verdad es ya una luz potentísima que ilumina la propia identidad. Además, el cristiano se sabe llamado a ser participante de la divina naturaleza, es decir, en un sentido muy estricto y profundo, a ser hijo de Dios. Sólo así el hombre alcanza la más honda verdad sobre sí mismo, sólo así se encuentra pues en condiciones de ejercer en plenitud la libertad. «LA VERDAD OS HARA LIBRES» Llegamos así a la solemne afirmación de Jesucristo: veritas liberavit vos. Se entiende también ahora con una luz nueva el texto del Beato Josemaría Escrivá de Balaguer, cuando se pregunta: «¿Qué verdad es ésta que inicia y consuma en toda nuestra vida el camino de la libertad? Os la resumiré, con la alegría y con la certeza que provienen de la relación entre Dios y sus criaturas: saber que hemos salido de las manos de Dios, que somos objeto de la predilección de la Trinidad Beatísima, que somos hijos de tan gran Padre. Yo pido a mi Señor que nos decidamos a darnos cuenta de esto, a saborearlo día a día: así obraremos como personas libres. No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas». Sólo el conocimiento de Dios como último fin de la entera existencia humana puede alumbrar el valor de nuestras acciones en su más importante dimensión: la moral. Antes de conocer el último fin, se puede intuir de algún modo qué es lo bueno y qué es lo malo, lo que nos hace bien y los que nos hace mal. Pero no se posee el fundamento racional que permite concluir con absoluta certeza sobre el bien y el mal en particular. Por eso el Romano Pontífice Juan Pablo II, desde su primera Encíclica Redemptor hominis insiste en que "no en todo aquello que los diversos sistemas, y también los hombres en particular, ven y propagan como libertad está la verdadera libertad del hombre.» »Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: conoceréis la verdad y la verdad os hará libres. Esta palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia además de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundice en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo. También hoy, después de dos mil años, Cristo aparece ante nosotros como Aquel que trae al hombre la libertad basada sobre la verdad, como Aquel que libera al hombre de lo que le limita, disminuye y casi destruye esa libertad en sus mismas raíces, en el alma del hombre, en su corazón, en su conciencia» Sobre todo, el Señor, nos ha liberado del mayor obstáculo para el triunfo de nuestra libertad, que es la ignorancia del futuro eterno: las consecuencias eternas de nuestros actos. ¿Cómo sabríamos si hemos elegido bien, si desconociéramos absolutamente las consecuencias de nuestros actos? La libertad perfecta, la libertad plenamente personal no es algo dado en acto con la naturaleza. Con la naturaleza se nos dado el libre albedrío, es decir, la posibilidad de decir que sí o que no a cualquier bien y a cualquier mal. Pero la libertad de saber elegir lo que no esclaviza, lo que no cierra puertas dejándolas infranqueables, la libertad de permanecer libres respecto a todo bien, lo que realmente perfecciona la libertad, esto sólo es posible, de una parte, sabiendo lo que Dios nos ha revelado sobre nuestro futuro eterno; y de otra, educando nuestra libertad, luchando con nosotros mismos, para adquirir hábitos liberadores, que nos abran puertas hacia el bien, hábitos que ensanchen el horizonte de nuestra mente y de nuestra voluntad; hábitos en fin, que nos acerquen cada vez más a Dios, que es la Verdad Suma, el Bien infinito, la Belleza y el Amor supremos, la Libertad perfecta. NECESIDAD DE EDUCAR LA LIBERTAD "Se dice, y acaso se cree -escribía Unamuno-, que la libertad consiste en dejar crecer a la planta, en no ponerle rodrigones, ni guías, ni obstáculos; en no podarla, obligándola a que tome esta o la otra forma; en dejarle que arroje por sí, y sin coacción alguna, sus brotes, y sus hojas, y sus flores. Y la libertad no está en el follaje, sino en las raíces, y de nada sirve dejarle al árbol libre la copa y abiertos de par en par los caminos del cielo, si sus raíces se encuentran, al poco de crecer, con dura roca impenetrable, seca y árida, o con tierra de muerte" Lo primero que hay que procurar es, en efecto, que la tierra en donde ha de arraigar, crecer, desarrollarse y dar magníficos frutos el árbol de la libertad, sea una tierra sana. Y luego habrá que disponer rodrigones, guías y hasta obstáculos, para lograr el señorío de uno mismo sobre la base de la sabiduría de la vida. Hay que liberarse de un error demasiado extendido: el de quien piensa que la educación limita la libertad. No es así. Educar es una exigencia de la naturaleza humana que Dios ha creado social, y ha dispuesto sabiamente que el hombre sea el ser de este mundo que nazca más indefenso y con menos experiencia. No somos ángeles ni brutos. Somos seres racionales y sociales. Necesitamos aprender de otros. En esto no hay excepción. Incluso los que no quieren aprender y creen que son autónomos y autodidactas, viven bajo la influencia de mil influencias ajenas: no sólo la de sus pasiones, sino también la de las pasiones de los demás, del ambiente, de la televisión, de la radio, de la prensa.... La educación no equivale a coacción si se educa en la verdad de la naturaleza humana; si la información que se presta es veraz, si los estímulos que se ofrecen son auténticos, si las metas que se proponen son realmente liberadoras. No solamente necesitamos de la educación de nuestros padres y maestros, sino que también debemos someternos a una autoeducación, que en definitiva se reduce a una autodisciplina, para no escatimar esfuerzos a la hora de aprender la verdad y vivirla, venciendo las pasiones enceguecedoras, conquistando hábitos perfectivos y liberadores, de los que podamos dar siempre una razón razonable, humana, lógica, son sentido, con apertura a horizontes cada vez más amplios y perfectivos. La cuestión ahora es: ¿cuando es razonable una decisión, una elección u opción? ¿Cuándo tiene sentido racional o humano? EL SENTIDO DE LA LIBERTAD Una decisión es razonable siempre y cuando se encamine al verdadero bien definitivo de la persona. Es decir, cuando escojo un bien abierto al bien definitivo. ¿Qué es el bien? Yo lo he definido así: el bien es una perfección perfectiva. Cuando elijo algo que me perfecciona como persona, entonces he elegido bien. La misma libertad es una perfección perfectiva, porque si no, no tendría interés alguno. ¿Qué sentido tendría una libertad creada para poder autodañarse, para deteriorarse, para aniquilarse, para deshumanizarse y embrutecerse, para sumergirse en la angustia vital? Es evidente que sería algo absurdo, sin sentido, como un círculo cuadrado. Aquello que dice Sartre en una de sus obras: «haz el mal y verás como te sientes libre», no tiene sentido racional alguno. El mal -que es siempre una negación de bien y de perfección- no puede dar sentido a la libertad ni puede perfeccionar a nadie. Dios no puede haber creado la libertad "para el mal". Como ya comprendieron los antiguos, la posibilidad de hacer el mal no pertenece a la esencia de la libertad, aunque sea un signo de su existencia. Pensar que la libertad perfecta es la de poder hacer el mal equivale a pensar que la salud perfecta es la que puede enfermar y morir. La salud perfecta será la del que no puede enfermar ni morir. La libertad perfecta será la de aquel que no puede elegir el mal, porque lo discierne perfectamente del bien y tiene la suficiente lucidez en la mente y bondad en la voluntad para elegir siempre el bien. El mal (y me refiero ahora al mal moral) no libera, esclaviza. Nuestro Señor Jesucristo afirma que el que comete pecado es del pecado, se hace esclavo del pecado ; y San Juan advierte que quien comete pecado es del demonio. El pecado significa la más profunda autofrustración de la libertad. Es tanto como ejercer la libertad en contra de la libertad. Es una especie de enajenación, locura, estupidez, a la que estamos expuestos todos los que vivimos en este mundo, donde no podemos ver a Dios cara a cara. Pero Dios nos ha dado suficiente luz en la razón para discernir habitualmente el bien del mal, de manera que podamos libremente elegir el bien y rechazar la posibilidad de elegir el mal. Ahora bien, en tanto que es posible utilizar la libertad para el mal, la libertad no es un bien absoluto. No son buenas las cosas por el hecho de haberse realizado libremente. La libertad no es un valor absoluto y final. La libertad está finalizada, tiene nervio teleológico, tiene un norte, una guía, está en función no de sí misma, sino de algo ulterior, que es el Bien Infinito. La libertad es un bien que se nos ha dado para alcanzar, con el auxilio divino el Bien absoluto que es Dios mismo. Por tanto la libertad es un bien relativo al bien total y definitivo de la persona. PARARSE A PENSAR Con todo lo dicho resulta evidente esto: para ser verdaderamente libres en todas nuestras decisiones es indispensable poner en ejercicio la facultad de «pararse a pensar». Recordemos: si no me puedo parar a pensar, es que soy como una piedra arrojada, incapaz de rectificar por sí misma el rumbo, o como un animal irracional que se mueve necesariamente dentro de los límites de sus instintos. La racionalidad, toda la capacidad intelectual posible al ser humano depende de la posibilidad de parase a pensar, es decir, de la no necesidad de seguir la fuerza de los impulsos internos y de los estímulos externos. Es decir, para ser libres es menester que no estemos sometidos -que no seamos esclavos- de la primera impresión o de los movimientos espontáneos. Confundir la libertad con la espontaneidad es, precisamente confundir lo racional con lo irracional; es eliminar la diferencia entre el mundo animal y el mundo racional; es no darse cuenta de que el ser humano es un ser que vive en el cosmos, pero que en la profundidad de su ser es extracósmico. Y, por eso, antes de someterse a las fuerzas cósmicas, es capaz de «pararse a pensar» y decir que sí o que no, lo que quiera. Son muchos los ingredientes necesarios de la libertad y es preciso no dejarse ninguno. Sólo somos libres en la medida en que sabemos lo que nos hacemos, por qué y para qué lo hacemos. Si la cuestión del qué, porqué y para qué es problemática, no tengo más remedio que pararme a pensar y averiguar la solución. Dejarme arrastrar por el apetito es correr el riesgo de anular, frustrar o reducir libremente mi libertad. Ante un jamón de para negra, la persona por muy hambrienta que esté, puede pararse a pensar y decir: ahora no me conviene el jamón de pata negra, porque llevo diez días en una balsa sin comer y si como ahora esto me moriré. Y se acabó. La posibilidad de este juicio: “aunque el jamón de pata negra sea delicioso, aquí y ahora no me conviene, no me compensa, me niego a comerlo”, hace posible la opción opuesta a los instintos y estímulos. ¿Por qué te comes el jamón?: porque es mío, tengo hambre y el jamón me alimenta, me robustece y deleita. Es una respuesta que hace a la persona responsable, es decir, alguien que a una pregunta razonable da un respuesta razonable. Sin pararse a pensar no habría respuesta razonable y nos veríamos situados en el nivel de la irracionalidad. Si no hay respuesta tampoco hay responsabilidad. Y si no hay responsabilidad tampoco hay libertad, porque la libertad requiere saber lo que se hace, porqué lo hace y para qué lo hace. Libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda. La responsabilidad es la libertad desde la perspectiva de la libertad como respuesta. Esto supone la capacidad de ver las cosas “objetivamente”, como “ob-jetos”, es decir, como cosas que están ahí, distintas e inferiores al yo que vivo en cierta medida por encima, que soy señor de mis decisiones, que tengo dominio sobre mi juicio práctico, aquí y ahora. Libre albedrío significa precisamente esto: libre juicio práctico: capacidad de decidir libremente sobre la conveniencia de hacer algo o no hacerlo aquí y ahora. Es la capacidad de hacer las cosas no porque sí, sino por alguna razón definible. La libertad implica libre albedrío, y el libre albedrío supone capacidad de pararme a pensar, dominio sobre la espontaneidad, el apetito y sobre cualquier fuerza cósmica. El hombre, en definitiva, es el único ser del universo que se pregunta por la libertad y se sabe libre.

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